La enfermedad de las cosas

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No puedo evitar escribir este artículo, ya que quedan pocos medios que expresan abiertamente su parecer del acontecer. Ni siquiera los que se hacen llamar “libertarios” son una alternativa fidedigna exenta de color político, moral, glamour o miedo.

He titulado este artículo la enfermedad de las cosas porque me llama la atención el proceso de transformación de los objetos.

Cada vez su diversificación es mayor, efecto de una industria del diseño en pleno auge. Un diseño que, bien intencionado, realmente podría constituir una eficiencia y economía de recursos, tiempo y espacio en la vida cotidiana, y que, sin embargo, está enfocado a la entretención, el fetiche, la sobrestimulación, la fanfarronería y la hiper-comodidad.
Una hiper-comodidad que se traduce en hipermercados, hiper-consumo e hiper-enfermedades.

Si bien, gran parte de las alteraciones de salud hace unos años presentaban cuadros agudos y mortales, cumplían un rol de selección de los individuos mejor adaptados y desarrollo de anticuerpos frente a nuevos microorganismos, actualmente las sintomatologías crónicas y de lenta evolución o bien, la versión algo menos abrupta que las pestes antes conocidas, la plaga llamada cáncer, tienen un lento proceso de dolor dosificado, cotidiano e ignorado. La ignorancia de este dolor no repercute en una mejoría de él, sino que simplemente lo maquilla de un alivio instantáneo otorgado por píldoras que también se transforman en objetos de colección para aquellos hipocondriacos, que enaltecen la imagen del médico supremo e intransingente, capaz de proporcionar “mágicas” curas de aquello que, malinterpretado durante décadas y siglos, constituye parte del lenguaje del cuerpo.
Enfermedad, dolor, cansancio. Todos son signos que podrían ser de breve existencia al ser escuchados y comprendidos en un actuar coherente con el organismo, pero como el alivio instantáneo no permite una escucha real de esta señal, sino que actúa más bien, poniendo la señal debajo de una alfombra, que mientras más acumulada está, comienza a levantar progresivamente su gruesa capa, dejando ver, a veces, en un intenso acto de explosión aquello que se silenció e ignoró. Lo que son las enfermedades degenerativas y terminales.

Las cosas constituyen una interesante forma de pasar el tiempo, mientras se siguen poniendo señales debajo de la alfombra.
Cuando alguien está rodeado de cosas, que no tienen un fin, historia o aporte mas que un mero “llenar el espacio que no deseo habitar conmigo”, sé que tomará aún más tiempo que vea y comprenda esa parte de si que aún no calza con su bienestar.

Existe una cosa distinta para cada manía personal inventada.

Tienes cosas que fueron creadas con el fin de “embellecer” de acuerdo a cada patrón cultural en diversas zonas del Planeta. Si dichas cosas fueran realmente útiles, serían universales y homogéneas. Y no es el caso, pareciera que cada cultura hubiera inventado una gama amplia de adminiculos con el fin de cubrir aquello más rechazado o enaltecido por su creencia.
Como si el ser bello fuera un asunto creado a partir de objetos y no con el cultivo de la propia esencia.
Hasta el conocimiento es convertido en una cosa por la civilización.

Es puesto en libros, en escuelas que pagas en costosas cuotas, y se mide de acuerdo a cartones con firmas que penden de muros de los que, sólo entonces, pueden llamarse prestiogosos profesionales. Sin embargo, yo no entiendo que tiene de profesional alguien que necesita consultar un examen o un libro para poder comprender cuál es la realidad de su interlocutor.
Lo que pide Chile hoy, es sistematización de calidad, no mejor educación.

Ni siquiera lo “ecológico” queda libre de esa inagotable búsqueda por llenar el tiempo y las manos desocupadas, con artículos que parecen ser tan saludables, entretenidos e inocuos y que producen, en algunos casos, la misma basura que cualquier otra industria no “verde”. Una contaminación re-utilizada, pero contaminación igual.

Hace unos meses comencé a deshacerme de todas mis cosas, incluso de la “amada” bicibleta pistera , fiel compañera de rutas, porque ella era una preocupación más, un obstáculo para comenzar a escribir el libro. Una vez que me deshice de gran parte de las cosas que ya no eran lo que soy hoy día, entonces, pude avanzar en TODO lo demás.

Comencé a experimentar y comprender la soledad habitada, y la elección del objeto en consecuencia de lo que soy y no como una excusa para ser.
Es increible como las cosas representan el pasado y el futuro de las personas, y muy pocas hablan de lo que son en el presente. Quizás porque para estar presente lo que menos necesitas es de objetos.
Espero que las personas comiencen a darse cuenta de ello. Y a valorar todo lo que ya tienen.

Un mendigo me dijo una vez: “yo sólo quisiera tener un lugar donde dormir, en donde poder estar tranquilo, sin tener que preocuparme de nada, en donde descansar en paz. Si tuviera eso yo sería muy feliz”. Yo pensé que esas condiciones son parte de la vida de muchas personas, y que no muchos parecen felices, por otro lado, otros tantos ya lo están, aquellos que lo valoran.
Los que están aquí cuando están. Los que no, son fantasmas del pasado y del futuro.

Por Catherine Ariana